Si me ves mal es porque me ves vos

Cuando te quitan los ojos, quedás con dos huecos en la cara y un hueco en el estómago. Y así durante meses, hasta que volvés a sentirte bien con vos mismo y te das cuenta de que todo fue para bien. Entonces te acostumbrás. De los huecos de la cara, el del estómago se va.

A final de cuentas, no me los robaron o me los quitaron porque estaba enfermo, yo los di. O más bien, los cedí, que no es lo mismo. Porque cuando das algo puede ser temporal, pero cuando cedés, dejás de oponer resistencia y renunciás.

Cuando le das un cuadro a tu pareja para colgar en la sala, ahora es de los dos. Pero eso significa que vivís con esa persona, y que tenés que renunciar a tu propio orden, o a tu desorden, a tu absoluta privacidad en casa, a una parte tuya. Y cuando estás en una relación, algo tenés que ceder. Eso de encontrar cosas en común tiene un límite y complementarse en todo no existe.

Lo aprendí con el tiempo y a los golpes, por supuesto.

Por eso ya no soy el que cancela una cita para ver un partido de fútbol en la jornada siete del campeonato nacional. Tampoco me hago pasar por enfermo para no ir al cumpleaños de la tía Maritza — que no conozco pero sé que no me va a querer — . Ya no soy así.

Pero desde que empecé a salir con vos no tuve que renunciar a nada. Me aceptaste mis gustos, tonterías, excentricidades, todo. Y para mí, eso estaba todo mal.

Pensé en todo lo que podía ceder, como renunciar a preguntarte cada media hora si todavía me querías, pero a veces vos me lo recordabas cada quince minutos solo para complacerme. Podía dejar de llamarte al trabajo o cuando salía con tus amigos y aguantarme a lo bestia los ataques de ansiedad, pero cuando lo hacía, vos ya venías de camino, como si escucharas mi taquicardia a kilómetros de distancia. Yo seguía sin poder ceder algo a cambio de todo esto que hacías por mí y eso no estaba bien, se sentía como hacer trampa.

A veces pasaban días sin que salieras del cuarto porque no iban bien las cosas en el trabajo y te sentías inútil. “Como una mierda”, decías. Yo me acostaba a la orilla de la cama, te decía que te admiraba y te agradecía todas las veces en que me hacías sentir bien. Pero no servía de nada. El inútil era yo. Luego caminabas al baño, te veías al espejo y no parabas de decir lo fea que te sentías, yo te abrazaba fuerte y te recordaba lo mucho que te deseaba. O me quitaba la ropa y bailaba como imbécil para hacerte reír, pero sobre todo, para que vieras que siempre se podía estar peor. Pero no te sacaba ni media sonrisa. “¡Mirá que el feo soy yo!” te decía.

Al final del día pensaba que todo sería más fácil si te pudieras ver como yo te veía. Lo mejor que podía hacer este bueno para nada era darte los ojos.

No te pude ver más, pero te miraste al espejo y te viste como yo te veo, te admiraste como te admiro, y finalmente, te amaste tanto como yo te amé.

Te los di, que quede claro. No cedí. Te los di como una pintura que colgás en la sala y ahora es de los dos. Hasta que comprendí que sí había renunciado a ellos.

Empacaste tus cosas, te fuiste de casa y no regresaste. Me viste con mis propios ojos y ya no me quisiste más.