Spoilers
Este relato fue publicado originalmente en 89decibeles el 17 de marzo del 2014: Ir al relato

Se mudó un tipo al apartamento de enfrente. Su puerta está a cuatro metros de distancia de la mía y lo único que las separa es la entrada al ascensor. Varias veces bajamos juntos al primer piso sin conversar, hasta que un día vi que cargaba un DVD de Buffy y decidí romper el hielo conversando sobre series y películas. ¡Qué error tan estúpido! ¿Pero cómo iba a saber que tenía como vecino al peor de los spoileros?

Tratar de cambiar el tema era imposible. Siempre que lo encontraba en el pasillo me preguntaba si ya vi esta o aquella serie y sin esperar a que respondiera me clavaba un spoiler tras otro hasta arruinarla.

—¿Viste el último episodio de Breaking Bad? —y aunque no lo había visto— ¡No puedo creer que hayan matado a Hank!

Intenté evitarlo. Cada vez que salía de mi apartamento corría hasta el ascensor y apretaba rápido el botón para bajar, pero él salía del suyo y se iba tras de mí como si supiera que no quería verlo (y lo sabía, estoy seguro que así era). Por eso, como si se intentara vengar, sus spoilers empezaron a ser más intensos.

—Vas a ver una película con tu novia ¿verdad? —dijo serio viendo su reflejo en la puerta del ascensor— Pues tendrás que seguir viéndolas solo ¡porque al final de la película te van a terminar!

Sin dar muchas explicaciones mi novia rompió conmigo cuando salimos del cine y se fue sola en un taxi, tal como mi vecino había adelantado. Obviamente por el enojo del momento pensé que él tenía algo que ver con lo que había pasado, así que volví al edificio y empecé a patearle la puerta gritándole para que abriera y preguntándole por qué se metía en mi vida. Pero no abrió.

—Yo que vos no me agito mucho —susurró, asomando los ojos entre las cortinas de su ventana—, porque en dos días vas a amanecer con un resfrío espantoso.

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Y así cada mañana durante semanas me adelantó cada momento importante de mi vida: que me iban a despedir me lo dijo ocho días antes, de la fiesta sorpresa que me hacían mis amigos me contó justo la noche anterior, y faltando tres meses me arruinó el mundial avisando que la selección no pasaba de primera ronda.

Lo peor es que no parece detenerse. Cuando me asomo por la ventana lo veo mirándome desde la suya esperando a que salga para clavarme un spoiler más de mi vida. Una vida que tiene cada vez menos sentido y emoción.

Por eso no he vuelto a abrir la puerta. Habrán pasado un par de años desde la última vez. Me da mucho miedo volver a hablar con él, que me cuente cosas como si voy a tener un accidente o cuánto me queda de vida. No, ya no quiero saber más. Mejor que no me pase nada.

Diego Barracuda
Cuando se habla de series, se habla de la vida: Grace and Frankie

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico La Nación de Costa Rica el 10 de febrero del 2018: ir al artículo.


En agosto del 2007, cuando tenía 19 años, estuve a cinco minutos de morir. Eso me dijo el doctor. Bueno, en realidad fue como “de haber llegado 5 minutos después, usted estaría listo para la foto”.

Mi apéndice reventó, él me operó y seguí viviendo.

Pude haber pensado que la vida me estaba dando una segunda oportunidad y que debía vivir cada día con optimismo. Pero había sentido en carne propia –literalmente– la fragilidad humana. Mi vida dependió de la hora de almuerzo del doctor de turno y eso me marcó tanto que, desde ese día, me convencí de que no iba a llegar a los 30 años.

Hubo momentos en los que me ganaba el optimismo y pensaba que sí lo iba a lograr, pero al rato solo podía pensar en la desgracia que era llegar a viejo todo hecho leña, más aún, si a los 19 años ya empezaba a toparme a la muerte de cerquita.

Pero eso empezó a cambiar cuando vi Grace & Frankie.

Entre el montón de series de adolescentes aprendiendo a vivir y una televisión americana con fobia a las personas de la tercera edad, apareció en Netflix, en el 2015, esta hermosa serie. Protagonizada por la legendaria actriz, activista, ícono de la moda y –hay que decirlo– Barbarella, Jane Fonda (Grace) y la actriz, comediante y productora Lily Tomlin (Frankie).

Voy a dejar que la premisa los sorprenda así como lo hizo conmigo. Cuando la empecé no había visto ni escuchado nada sobre ella, solo me dejé llevar por el aburrimiento de un domingo por la tarde sin planes y, bastaron unos cuantos minutos para que terminara viendo la temporada completa.

Así como sus intérpretes, Grace y Frankie se acercan casi a los 80 años. Su cuerpo resiente la edad, su memoria ya no es la misma, sus amigos poco a poco van falleciendo y aún así, ellas se toman la vida con más entusiasmo que cualquier veinteañero. Ponen sus energías y el peso de su felicidad en lo que de verdad importa: la gente que aman. A pesar de los prejuicios, a pesar de las traiciones. Viven, perdonan, emprenden, se enamoran, se desenamoran, se dejan sorprender y lo hacen con la determinación que solo la experiencia puede dar.

Con esto no quiere decir que lo saben todo y que son perfectas (bueno, Fonda sí que lo es). Fallan, y fallan mucho. Y eso es lo que hace tan valiosa esta serie. Nos recuerda que la vida no dejará de sorprendernos, para bien o para mal, pero todo estará bien si nos enfocamos en lo que nos es realmente importante.

Al final, sí llegué a los 30, los cumplí hace un par de meses. Y cuando siento que el tiempo va muy rápido y los años me revientan en la frente, cuando siento que el cuerpo me falla, basta con poner cualquier capítulo de Grace & Frankie, para tener ese último empujoncito que me devuelve las ganas de vivir, perdonar, enamorarme, desenamorarme y sobre todo, dejarme sorprender hasta que el cuerpo aguante.

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Diego BarracudaComment
Si me ves mal es porque me ves vos

Cuando te quitan los ojos, quedás con dos huecos en la cara y un hueco en el estómago. Y así durante meses, hasta que volvés a sentirte bien con vos mismo y te das cuenta de que todo fue para bien. Entonces te acostumbrás. De los huecos de la cara, el del estómago se va.

A final de cuentas, no me los robaron o me los quitaron porque estaba enfermo, yo los di. O más bien, los cedí, que no es lo mismo. Porque cuando das algo puede ser temporal, pero cuando cedés, dejás de oponer resistencia y renunciás.

Cuando le das un cuadro a tu pareja para colgar en la sala, ahora es de los dos. Pero eso significa que vivís con esa persona, y que tenés que renunciar a tu propio orden, o a tu desorden, a tu absoluta privacidad en casa, a una parte tuya. Y cuando estás en una relación, algo tenés que ceder. Eso de encontrar cosas en común tiene un límite y complementarse en todo no existe.

Lo aprendí con el tiempo y a los golpes, por supuesto.

Por eso ya no soy el que cancela una cita para ver un partido de fútbol en la jornada siete del campeonato nacional. Tampoco me hago pasar por enfermo para no ir al cumpleaños de la tía Maritza — que no conozco pero sé que no me va a querer — . Ya no soy así.

Pero desde que empecé a salir con vos no tuve que renunciar a nada. Me aceptaste mis gustos, tonterías, excentricidades, todo. Y para mí, eso estaba todo mal.

Pensé en todo lo que podía ceder, como renunciar a preguntarte cada media hora si todavía me querías, pero a veces vos me lo recordabas cada quince minutos solo para complacerme. Podía dejar de llamarte al trabajo o cuando salía con tus amigos y aguantarme a lo bestia los ataques de ansiedad, pero cuando lo hacía, vos ya venías de camino, como si escucharas mi taquicardia a kilómetros de distancia. Yo seguía sin poder ceder algo a cambio de todo esto que hacías por mí y eso no estaba bien, se sentía como hacer trampa.

A veces pasaban días sin que salieras del cuarto porque no iban bien las cosas en el trabajo y te sentías inútil. “Como una mierda”, decías. Yo me acostaba a la orilla de la cama, te decía que te admiraba y te agradecía todas las veces en que me hacías sentir bien. Pero no servía de nada. El inútil era yo. Luego caminabas al baño, te veías al espejo y no parabas de decir lo fea que te sentías, yo te abrazaba fuerte y te recordaba lo mucho que te deseaba. O me quitaba la ropa y bailaba como imbécil para hacerte reír, pero sobre todo, para que vieras que siempre se podía estar peor. Pero no te sacaba ni media sonrisa. “¡Mirá que el feo soy yo!” te decía.

Al final del día pensaba que todo sería más fácil si te pudieras ver como yo te veía. Lo mejor que podía hacer este bueno para nada era darte los ojos.

No te pude ver más, pero te miraste al espejo y te viste como yo te veo, te admiraste como te admiro, y finalmente, te amaste tanto como yo te amé.

Te los di, que quede claro. No cedí. Te los di como una pintura que colgás en la sala y ahora es de los dos. Hasta que comprendí que sí había renunciado a ellos.

Empacaste tus cosas, te fuiste de casa y no regresaste. Me viste con mis propios ojos y ya no me quisiste más.

Diego BarracudaComment
Que les cuenten todo

¿Cómo contarle a Joel, a Bryan o a Keylor lo que sentimos al ver jugar a la selección en la copa del mundo el año que ellos nacieron?

Pero no hablo de Campbell, de Ruiz o Navas, sino de ese centenar de chiquillos que cargan el nombre de uno de los veintitrés héroes que hicieron historia en la pura mitad del dos mil catorce.

Podríamos empezar por el seis de diciembre, un año antes, cuando nos dijeron que en nuestro grupo había equipos que sumaban siete campeonatos entre los tres. Se nos cayó la cara de espanto; no lo podíamos creer. Apretamos los puños recordando el partido en Denver durante la eliminatoria y se nos inflaba el pecho, pero veíamos a Pirlo, a Rooney o Suárez y ese mismo pecho empezaba a latir al ritmo de una metralleta. Volvíamos a recordar las ocho pulgadas de nieve, en FIFA y los periodistas deportivos del mundo que se mofaban de la sele diciendo que no teníamos ninguna opción, sin darse cuenta que en realidad éramos los únicos del grupo que no teníamos nada que perder.

¿Cómo le explicamos a los Celso y a los Óscar para que entiendan esa sensación que tuvimos cuando Cavanni nos metió el gol de penal al minuto veintitrés del primer partido contra Uruguay?

Sentíamos que la historia se repetía, era un penal que no tenía que pasar, un error infantil de un jugador que nadie quería en la selección. Sí Michael, sí Cristian, hubo una época en que ninguno de nosotros sabía valorar la capacidad de Junior Díaz.

Ninguno de esos chiquillos va a creer que antes de Brasil 2014, cuando Costa Rica iba a un mundial, le íbamos también a otro equipo para disfrutarlo. Porque fue ese año la primera vez que pudimos vivir una copa del mundo. Habíamos llegado tres veces antes, pero pasábamos a saludar, no más. Fue en Brasil cuando goleamos a Uruguay, cuando dejamos fuera a Italia e Inglaterra en un sólo partido, cuando muchos que no vivieron o recordaban Italia 90 supieron lo que era jugar en octavos. Cuando el país entero entendió lo que fue jugar codo a codo contra un grande en cuartos de final, y pasamos de ser cinco millones a billones de aficionados apoyando a Costa Rica. Brasileños, mexicanos, centroamericanos, los hamsters, las cacatúas. Todos creyendo en el mata gigantes.

Quizá los Marco, los Yeltsin y los José podrán ver todo en YouTube, pero sería un gravísimo error no contarlo de nuestras bocas que cantaron por horas en la Fuente de la Hispanidad después de cada uno de los partidos. Sería imperdonable no explicarles la perfecta e inquebrantable línea de cinco que dejó a Balotelli con las ganas de anotar en el mundial, y a Gerard despedirse con un gol en su último partido con la selección Inglesa.

Hay que contarles todo. Dejarles claro por qué llevan su nombre. Que antes del año en que nacieron, nuestros héroes nacionales salían de viejas guerras, algunos ni siquiera sabíamos si eran reales, pero después de este, ya no más.

Ojalá que estos niños, con sus diez o doce años, estén acostumbrados a ver a la selección llegar lejos, pero hay que contarles por qué Brasil 2014 fue el antes y el después.

Diego BarracudaComment
El sonido de los huesos que se trituran

Me asusta ver a los ojos. Pero con el tiempo uno aprende mañas, como apuntar la mirada justo donde empieza la nariz, así nadie nota la diferencia. También me incomoda cuando hay mucha gente cerca, siento que me roban el oxígeno, se me va la voz y sudo como un chancho. Con decir que llevo horas esperando un bus aunque ya pasaron siete que me podían llevar a mi casa, pero en todos había alguien ocupando uno de los dos campos de cada fila. El último venía desocupado, pero cuando puse el pie sobre la grada metálica, ella me tiró del brazo hasta devolverme a la acera, luego me miró a los ojos y me pidió que fuera su amigo.

¿Cómo alguien me pide a mí que sea su amigo? Si prefiero cruzar la calle cuando viene un conocido porque me toma demasiado tiempo decidir si doy la mano, doy un beso o digo hola. Me lo pide a mí, que siempre me quedo callado en las conversaciones para no decir estupideces, y cuando finalmente se me ocurre algo, la discusión ya va por otro lado. Me bloqueo, igual a como estoy ahora. Ella viéndome a los ojos, yo viéndola a la nariz, congelado en media acera como una estatua mal puesta.

Todos en la parada nos ven. ¡Yo así no puedo! ¿Qué le digo? O más bien, ¿cómo hago para decirle lo que sea que vaya a decirle? Si respondo que no, me va a odiar demasiado, y yo no quiero que me odie. Para ser honesto, a una parte de mí —una muy buena parte— le gustaría algo más. O no. Bueno no, no sé. Quizá si le digo que sí haya algún chance.

Pero ser amigos requiere tiempo, ¡y yo soy tan lento para hacer amigos!

Por eso no tengo.

Hay muchas cosas de mí que ella debería saber y solo con el tiempo podría descubrir. Pero entre ese montón de cosas, las más importantes son mis mierdas. Mierdas que solo con el tiempo podría tolerar.

Entonces se lo digo todo, o más bien, se lo advierto.

Que prefiero cruzar la calle porque no sé saludar. Que la gente que nos ve está respirando demasiado cerca mío y me está robando el aire. Que tengo la necedad de tronarme el cuello con tanta fuerza que el sonido de los huesos que se trituran podría darle asco. He visto a la gente retorcerse del escalofrío cuando me ve. No lo puedo evitar, creo que es un tic.

Mientras hablo, algo cambia. Siento que me desahogo y de a poquitos logro llevar la mirada hacia sus ojos. Lo suficiente como para darme cuenta que ahora ella me está viendo a la nariz. A veces baja la mirada, cierra los puños agarrándose el vestido y luego vuelve a mi nariz. Pero yo siento confianza, eso casi nunca pasa. Entonces sigo.

Le advierto que no me gusta invitar gente a mi casa porque siempre está hecha un desastre y no quiero que la vean así. Que si va a ir, que me avise una semana antes. Que cuando cuento chistes es para hacerme reír, pero si quiere puede reírse conmigo. Que le voy a compartir las historias que escribo y puede decirme que le parecen ridículas, forzadas o demasiado pretenciosas, ¡lo que quiera! Pero que de ninguna manera espere que se las lea antes de dormir.

Listo. Eso. Creo que hablé demasiado rápido porque me siento agitado. O quizá son todos mis miedos regresando a mí, reventándome en el pecho. Sí, definitivamente es eso. ¿¡Por qué esta gente nos sigue viendo!?

Me siento tan triste. Creo que ella también. Estamos en media acera tratando de ser amigos cuando podríamos ir juntos en el bus mientras le cuento estupideces para hacerla reír, como lo hacía antes. O hechos un puño en la cama mientras le cuento mis historias, porque le podrán parecer ridículas pero le encantaba que se las leyera para dormir. Por ella puedo apagar mis tics, olvidar que hay gente alrededor robándome el aire y verla solo a ella. Puedo hacer todo eso, por ella. Lo sé porque lo pude hacer antes. Pero ahora quiere que solo seamos amigos. Y este soy yo como amigo. Con todas las mierdas.

Ya se fue, sin decir nada, y me dejó aquí solo con esta gente.

Quizá necesita más tiempo para pensar. A lo mejor, como ya sabe todo lo que hice por ella, se arrepienta de haberse ido. ¡Mierda! O me troné el cuello y no me di cuenta. Tal vez si vengo mañana, no sé, haga como que subo a un bus y ponga un pie sobre la grada metálica. Tal vez ella me tire del brazo y me diga que quiere volver.

Diego BarracudaComment
Calzoncillos

Crecí con la idea de que el amor son esos calzoncillos que sacan lo mejor de vos y te los ponés sólo para quien los vale. Porque amar es exponerse. Más de una vez quedé semidesnudo frente a alguien que tenía puesto lo primero que encontró en el armario. Entonces los guardé, como si estuvieran pasados de moda. Pero llegaste vos, que sin decir nada me arrancás todo, y me dejás con el amor al aire.

Diego BarracudaComment
Acumular

De mi mamá heredé, entre otras cosas, la capacidad de acumular tristezas. Aún no sé si es porque el saco es más hondo o es una cuestión de fuerza. Pero quizá sea eso, fuerza. Es común que podamos resistir cuando la pasamos mal; cuando la tristeza pesa sobre la familia y amigos. No es que seamos insensibles. Es que el saco no nos pesa. Lo llevamos encima con penas recientes y penas pasadas. Pero toda carga agota cuando se sostiene por mucho tiempo. Entonces tenemos que soltarlo todo. Y lloramos a destiempo. Nada extraño sería que se nos vea desconsolados sin razón aparente. Pero no hay nada de qué preocuparse, todo está bien, ya pasó.

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Diego BarracudaComment